Final

Días antes de morir, mi mamá me llamó por teléfono para contarme que me había comprado una sorpresa para cuando volviera a casa. Al llegar, ella emocionada me mostró una caja de natilla para que cocináramos juntas como hacía poco tiempo habíamos descubierto que nos gustaba pasar el tiempo libre.

La caja se quedó allí. Al principio era incapaz de verla siquiera porque recordaba la emoción con la que mi mamá me había anunciado la compra, como si se tratara del regalo más pedido para la navidad.

Me tomó un año poder tomarla, revisar que todavía no estuviese vencida y cocinar por primera vez una natilla yo sola. Pensé que mi mamá no habría podido estar más orgullosa porque había quedado perfecta y porque finalmente era la caja que ella había comprado para compartir.

Meses atrás, me había atrevido por primera vez en mi vida, y recordando las instrucciones que había recibido solo una vez en mi vida, cocinar los famosos frijoles manizalitas de mi mamá y mi abuela. Probarlos sentó su recuerdo de inmediato a la mesa, logré recordar la receta y emular el sabor tan específico que siempre ha convocado a mi familia.

Pero me demoré dos años en volver a disfrutar el fin de año y la navidad. Tengo muy pocos recuerdos de esa primera navidad sin mi mamá, con menos de un mes de fallecida. Sé que decoré la casa junto a mi hermano únicamente como homenaje a ella, no porque alguno fuera capaz de pensar realmente en la época que estábamos viviendo.

Un año después, solo disfruté cocinar esa natilla porque intentaba ser feliz junto a mi familia, y muchas veces lo lograba, pero tenía siempre presente el recuerdo de la ausencia de mi mamá.

En esta oportunidad, con toda la ilusión armamos el árbol de navidad y decidimos disfrutar absolutamente cada detalle, ayudar a los demás y asistir a cuantas reuniones, novenas y demás sea posible.

Finalmente lo logramos, superamos el cáncer y el duelo.

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