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Otros duelos

Renuncié a mi empleo hace tres meses. Por primera vez en mi vida laboral, lo hice sin tener seguro que firmaría un contrato en algún otro lugar. Lo hice simplemente con la intensión de descansar por un rato, de tener tiempo para estudiar para aplicar a la especialización que quiero y dedicarme a mí misma. Cuando decidí renunciar me preguntaba qué me diría mi mamá ¿Me apoyaría o no? Seguro que sí, ella mejor que nadie entendía lo que es amar un trabajo pero sentir que no te deja espacio para nada más en la vida. Se me ocurrió que seguramente me diría lo mismo que me dijeron mis dos jefes cuando les anuncié la decisión: que estoy joven para darme el lujo de renunciar sin tener otro trabajo, que es algo que tenía que probar, que estaba bien no estar de acuerdo con las nuevas normas. Y en estos tres meses, pasando la gran mayoría del tiempo en casa, he pensado mucho más en ella ¿Qué me diría al verme madrugar cada día para sentarme en el computador a estudiar? ¿Qué diría de ver que por...

Final

Días antes de morir, mi mamá me llamó por teléfono para contarme que me había comprado una sorpresa para cuando volviera a casa. Al llegar, ella emocionada me mostró una caja de natilla para que cocináramos juntas como hacía poco tiempo habíamos descubierto que nos gustaba pasar el tiempo libre. La caja se quedó allí. Al principio era incapaz de verla siquiera porque recordaba la emoción con la que mi mamá me había anunciado la compra, como si se tratara del regalo más pedido para la navidad. Me tomó un año poder tomarla, revisar que todavía no estuviese vencida y cocinar por primera vez una natilla yo sola. Pensé que mi mamá no habría podido estar más orgullosa porque había quedado perfecta y porque finalmente era la caja que ella había comprado para compartir. Meses atrás, me había atrevido por primera vez en mi vida, y recordando las instrucciones que había recibido solo una vez en mi vida, cocinar los famosos frijoles manizalitas de mi mamá y mi abuela. Probarlos sentó su rec...

Lástima

"Pobre", "que pesar", "que pecado", "debe ser horrible" y esa expresión en la cara de "debes estar pasando por el peor momento de tu vida y no veo cómo ayudarte" son las peores formas de mostrar empatía o tratar de interactuar con un paciente o con su familia más cercana. La lástima no sirve más que para afianzar ese sentimiento de estar pasando, efectivamente, por la situación más difícil e imposible de superar de todas. Cada vez que utilizan esas expresiones, un poquito de energía disminuye tanto en el paciente como en sus familiares. En mi caso, me daba tanta rabia que me trataran con lástima que prefería callar o responder solo con un ruido antes de atreverme a ser grosera con alguien que igual estaba intentando mostrarme su empatía. Lo cierto es que hay muchas otras formas de lograrlo. Una ligera sonrisa y alguna palabra amable, un ofrecimiento que puedan cumplir, así sea la disponibilidad para hablar vía telefónica cuando ...

Cansancio

Mientras mi mamá luchaba contra el cáncer yo terminé mis estudios universitarios, recibí mi diploma como profesional y acepté cuatro empleos tratando de equilibrar mis deseos de estar con ella todo el tiempo posible y trabajar en lo que me gustaba, además de asumir por ella las responsabilidades del hogar. Cada vez que llamaba a mi tío para contarle de la nueva oferta laboral que había aceptado, él respondía "estoy muy orgulloso de ti, vas como un cohete". Y dos meses antes de la partida de mi mamá, el cohete se detuvo. Aterricé en el empleo que había soñado desde mis últimos años de colegio y me quedaban horas suficientes para compartir con ella. Estaba en el mejor trabajo, me sentía en mi mejor momento pese a la enfermedad de ella. Pero con el paso del tiempo noté nuevamente el cansancio de mi cuerpo, su advertencia del agotamiento por asumir las responsabilidades que no imaginé que tendría que tomar, las largas jornadas y mis esfuerzos por evitar que mi mamá me viera...

Valientes

Dicen que todos sabemos cuando nuestro momento ha llegado, cuando ya debemos partir. Cada mañana, pasaba por la habitación de mi abuela antes de ir al colegio para despedirnos. Un día, me despedí desde su puerta porque estaba enferma y no quería contagiarla, le temía demasiado a verla nuevamente con un virus respiratorio. Ella me llenó de consejos y recomendaciones como que fuera aplicada, que atendiera siempre las instrucciones de mi mamá, que no me metiera en problemas y tuviera cuidado al caminar por la calle. Fue la última vez que hablé con ella. No lo sabía, lo había soñado una semana antes pero no sabía hasta ese momento que 24 horas después ya no le podría hablar. Unos años después, mientras esperaba a los médicos que llevarían a mi mamá de regreso al hospital, la miraba sentada junto a ella en su cama. En un momento de consciencia, mi mamá me miró a los ojos y me dijo "¿Por qué me miras con esa cara? Todo va a estar bien" e incluso sonrió. Yo solo pude girar l...

Los días más duros

¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer? Fueron las preguntas más constantes que me hice en la mente durante poco más de dos años. Y la respuesta siempre fue la misma: seguir adelante, buscar valentía a veces de donde no la había, energía de donde se creía perdida, apoyo en todos los que nos rodearon. No todos los días había buenas noticias, había ocasiones en las que ni siquiera había noticias y la incertidumbre llegaba a ocupar todo espacio disponible, todo espacio que le dejara el miedo: aquella otra sensación que jamás dejó de acechar. Y en la mayoría de esos días, el primer pensamiento que me abordaba en la mañana todavía sin levantarme de mi cama era "Podría quedarme aquí, simplemente esperar a que todo se resuelva para volver a salir de mi cuarto". Luego llegaba a mi mente el recordatorio de mis responsabilidades y aquel único propósito de hacer feliz a mi mamá con mis logros académicos y profesionales, porque eso sí que le iluminaba el rostro. Así que, cont...

Aceptar y continuar

La vida está hecha de decisiones, de información que nos llega y que en muchas ocasiones nos obliga a hacer una elección. ¿Qué habría pasado si no lo hubiese hecho? ¿Cómo sería la vida si lo hubiese elegido? Esas son las preguntas más constantes cuando vemos el resultado de nuestras decisiones. Y a veces la elección, queriéndolo o no, es no aceptar lo que nos dicen, no aceptar nuestra realidad. Pasé muchos días diciéndome a mí misma que ese no podía ser el diagnóstico de mi mamá, que todo iba a estar bien, que la biopsia sería negativa. Y cuando, por una desafortunada coincidencia, pude leer el diagnóstico antes de entregarle el resultado del examen médico a la especialista, me seguía diciendo que no era verdad y necesitaba que fuera ella quien lo leyera y confirmara la situación. Pero tan pronto esa doctora nos confirmó el diagnóstico desde su escritorio, no me di tiempo para pensar en si era verdad o no. Simplemente respiré, tomé la mano de mi mamá y pensé en que haríamos lo qu...