El plan más complejo
Nos pasamos la vida haciendo planes: "cuando sea la hora de jugar", "cuando inicie la primaria", "cuando llegue al bachillerato", "cuando logre graduarme", "cuando cumpla la mayoría de edad", "cuando llegue en la universidad y cuando obtenga mi título profesional", "cuando tenga el empleo que sueño", etc.
Y a medida que vamos creciendo, los planes se van haciendo más grandes, más complejos, algunos más distantes y en su mayoría más difíciles de cumplir.
Cuando diagnosticaron a mi mamá la primera vez, yo planeaba mis prácticas en otra ciudad y dejé el cupo que me habían ofrecido en una de mis ciudades colombianas favoritas porque tenía miedo de perder a mi mamá, porque quería pasar cada segundo posible a su lado y apoyarla en su tratamiento.
No fue el único plan que cambió. Mi mamá cumplía 20 años en su lugar de trabajo y planeaba celebrarlos junto a sus compañeros y sus queridos alumnos, pero la enfermedad le impedía siquiera acercarse a un lugar tan grande y con tantas personas, con tantos posibles virus e infecciones.
A medida que el tiempo avanzaba, el único plan a largo plazo que diseñamos, y que le servía a mi mamá para tener motivación, era viajar. Viajar a tantos destinos prometidos para agradecerle a Dios y a la vida que ella ya se había curado, para conocer aquellos lugares en el mundo que siempre le habían llamado la atención, para hacer esas visitas que siempre quiso pero no tuvo ni el tiempo ni el dinero para realizar.
Yo tenía dos planes con ella, solo alcancé a cumplir el primero: graduarme y al llegar a casa, después de la ceremonia en mi universidad, entregarle el diploma porque también era de ella, era fruto de todo el esfuerzo que hizo para garantizarme los recursos y las condiciones para que yo a cambio obtuviera ese tan anhelado título.
El otro plan, a más largo plazo, era llevarla de vacaciones a su ciudad preferida en el Caribe. Llevaba meses ahorrando una buena parte de mi salario de practicante y luego de profesional junior para que viajara lo más cómoda posible en el avión y llegáramos a uno de los mejores hoteles de esa ciudad, uno en el que la trataran como reina y se hiciera todo el día, todos los días, lo que ella quisiera. Que pudiera tomar el sol en calma y ver el exterior, luego de tantos meses de encierro en el hospital.
Lo tenía todo pensado, lo único que me falta era la autorización de los médicos para buscar los tiquetes y reservar las habitaciones y los restaurantes. Pero nunca recibimos ese permiso, ella nunca pudo volver a estar en un lugar público sin restricciones.
Nuestros planes se hicieron más sencillos: lo que haremos en el día, que con frecuencia resultaba en acomodarnos en su habitación a hablar o a ver películas durante horas. Otras veces el plan era que no había plan, que iríamos viendo cómo transcurría el día.
Y cuando ella murió, cuando su cuerpo no resistió más las altas dosis de medicamentos y la enfermedad, los pocos planes que había volvieron a caer. Todo volvió a cambiar.
Me costó mucho trabajo entender que la vida sigue, que a pesar de la ausencia el mundo sigue girando y a nuestro alrededor seguimos teniendo el apoyo y compañía de muchas más personas.
Hasta que un día entendí que el único plan que debía tener ese el más fácil de pensar, pero el más difícil de cumplir: seguir adelante, enfrentarlo todo, no lamentarse.
Cuando crecemos, los planes se van haciendo difíciles de cumplir porque siempre hay un evento que los modifica, que nos aleja de llegar a la meta. Por eso es más fácil pensar en enfrentar lo que vaya llegando, sin hacer mayores planes, pero a la vez es la meta más difícil porque no sabemos a que enfrentarnos y no es tan fácil entender que a nuestro lado siempre tendremos alguien a quién aferrarnos cuando llegue una nueva tormenta.
Y a medida que vamos creciendo, los planes se van haciendo más grandes, más complejos, algunos más distantes y en su mayoría más difíciles de cumplir.
Cuando diagnosticaron a mi mamá la primera vez, yo planeaba mis prácticas en otra ciudad y dejé el cupo que me habían ofrecido en una de mis ciudades colombianas favoritas porque tenía miedo de perder a mi mamá, porque quería pasar cada segundo posible a su lado y apoyarla en su tratamiento.
No fue el único plan que cambió. Mi mamá cumplía 20 años en su lugar de trabajo y planeaba celebrarlos junto a sus compañeros y sus queridos alumnos, pero la enfermedad le impedía siquiera acercarse a un lugar tan grande y con tantas personas, con tantos posibles virus e infecciones.
A medida que el tiempo avanzaba, el único plan a largo plazo que diseñamos, y que le servía a mi mamá para tener motivación, era viajar. Viajar a tantos destinos prometidos para agradecerle a Dios y a la vida que ella ya se había curado, para conocer aquellos lugares en el mundo que siempre le habían llamado la atención, para hacer esas visitas que siempre quiso pero no tuvo ni el tiempo ni el dinero para realizar.
Yo tenía dos planes con ella, solo alcancé a cumplir el primero: graduarme y al llegar a casa, después de la ceremonia en mi universidad, entregarle el diploma porque también era de ella, era fruto de todo el esfuerzo que hizo para garantizarme los recursos y las condiciones para que yo a cambio obtuviera ese tan anhelado título.
El otro plan, a más largo plazo, era llevarla de vacaciones a su ciudad preferida en el Caribe. Llevaba meses ahorrando una buena parte de mi salario de practicante y luego de profesional junior para que viajara lo más cómoda posible en el avión y llegáramos a uno de los mejores hoteles de esa ciudad, uno en el que la trataran como reina y se hiciera todo el día, todos los días, lo que ella quisiera. Que pudiera tomar el sol en calma y ver el exterior, luego de tantos meses de encierro en el hospital.
Lo tenía todo pensado, lo único que me falta era la autorización de los médicos para buscar los tiquetes y reservar las habitaciones y los restaurantes. Pero nunca recibimos ese permiso, ella nunca pudo volver a estar en un lugar público sin restricciones.
Nuestros planes se hicieron más sencillos: lo que haremos en el día, que con frecuencia resultaba en acomodarnos en su habitación a hablar o a ver películas durante horas. Otras veces el plan era que no había plan, que iríamos viendo cómo transcurría el día.
Y cuando ella murió, cuando su cuerpo no resistió más las altas dosis de medicamentos y la enfermedad, los pocos planes que había volvieron a caer. Todo volvió a cambiar.
Me costó mucho trabajo entender que la vida sigue, que a pesar de la ausencia el mundo sigue girando y a nuestro alrededor seguimos teniendo el apoyo y compañía de muchas más personas.
Hasta que un día entendí que el único plan que debía tener ese el más fácil de pensar, pero el más difícil de cumplir: seguir adelante, enfrentarlo todo, no lamentarse.
Cuando crecemos, los planes se van haciendo difíciles de cumplir porque siempre hay un evento que los modifica, que nos aleja de llegar a la meta. Por eso es más fácil pensar en enfrentar lo que vaya llegando, sin hacer mayores planes, pero a la vez es la meta más difícil porque no sabemos a que enfrentarnos y no es tan fácil entender que a nuestro lado siempre tendremos alguien a quién aferrarnos cuando llegue una nueva tormenta.
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