Desaparecer

Perdí la cuenta del número de veces que en los últimos tres años deseé desaparecer, que nadie me viera o hablar, jamás salir de mi casa o mi habitación, quedarme dormida durante tanto tiempo que al despertar la vida fuera otra y las preocupaciones ya no existieran. 

Creo que la primera vez fue cuando una especialista le dijo a mi mamá, frente a mí, que debían descartar una leucemia y para eso debían realizarle ese mismo día un especializado examen. 

La especialista me pidió volver rápidamente a casa para tomar los resultados de los últimos exámenes de mi mamá, cuyos resultados eran todos perfectos, y llevárselos de regreso. 

Salí de la habitación con las piernas temblorosas, sin saber bien qué hacer. Pensé rápido el método más eficiente para ir a casa y volver en el menor tiempo posible e inicié mi marcha. 

En el camino llamé a uno de mis mejores amigos y le conté lo que pasaba, necesitaba hablar. Él le avisó a su hermano, otro de mis mejores amigos, y este me llamó para llenarme de ánimo. 

Llegué a mi casa sin entender bien todavía lo que sucedía y entonces vi la entrada a mi habitación. Fue ahí cuando deseé quedarme en esa cama durmiendo por tantos meses como fuera posible, para que al despertar todo estuviera resuelto y evitar todo el miedo y la tristeza que presentía que llegarían. 

Pero, como suele suceder en mi vida, me ganó esa voz en mi cabeza que decía “tienes que seguir, tienes que hacer lo que debes hacer”. 

Siempre fue así. Todavía me encuentro con gente que me dice “usted es muy fuerte”. Ya no agradezco sus palabras sino que respondo “sí, es lo que debía hacer”. 


Me enseñaron a cumplir siempre con las obligaciones. La obligación es siempre continuar y jamás desaparecer. 

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