Otros duelos

Renuncié a mi empleo hace tres meses. Por primera vez en mi vida laboral, lo hice sin tener seguro que firmaría un contrato en algún otro lugar. Lo hice simplemente con la intensión de descansar por un rato, de tener tiempo para estudiar para aplicar a la especialización que quiero y dedicarme a mí misma.

Cuando decidí renunciar me preguntaba qué me diría mi mamá ¿Me apoyaría o no? Seguro que sí, ella mejor que nadie entendía lo que es amar un trabajo pero sentir que no te deja espacio para nada más en la vida. Se me ocurrió que seguramente me diría lo mismo que me dijeron mis dos jefes cuando les anuncié la decisión: que estoy joven para darme el lujo de renunciar sin tener otro trabajo, que es algo que tenía que probar, que estaba bien no estar de acuerdo con las nuevas normas.

Y en estos tres meses, pasando la gran mayoría del tiempo en casa, he pensado mucho más en ella ¿Qué me diría al verme madrugar cada día para sentarme en el computador a estudiar? ¿Qué diría de ver que por fin encontré lo que quiero estudiar para mejorar mi perfil profesional?

Estoy segura que también tendría palabras de ánimo y actividades para hacer en esos días en los que solo quiero dormir porque me entristece que el plan no saliera como lo había pensado, que estoy descansando más de lo que creo que debería porque no me llegan ofertas adecuadas.

Y entre esas suposiciones de lo que ella me diría, encontré la foto que capturó exactamente el momento en que descubrió que estaba llegando a la fiesta de sus 50 años. Pensaba que no se los íbamos a celebrar, que el protagonista de la reunión era mi tío que volvía a España después de pasar el verano con nosotros. Incluso se molestó porque durante todo el trayecto estaba "pegada a ese celular".

Lo que no sabía es que yo estaba pendiente de mis amigos que se encargarían de la serenata y que debía avisarle a mi familia que estábamos llegando. Su cara en esa fotografía lo dice todo: la sorpresa y la felicidad absoluta.

Esa imagen me hace pensar en lo mucho que dio por los demás, en que su tesoro más grande éramos su familia y amigos. Y entonces recuerdo que es mi familia también, que con una llamada tengo a mi disposición casi cualquier cosa que pida, que mis amigos también han estado ahí incluso a la medianoche cuando no tengo las respuestas a lo que está pasando.

Sé que seguiré pensando en mi mamá todos los días. Siempre encuentro algo que me hace preguntarme qué me diría o que me la recuerda de algún modo. Sé que esa también es una forma de vivir el duelo.

También sé que encontraré un empleo y que cuando eso ocurra, podré escucharla felicitarme como antes, decirme que está orgullosa de mí.

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