El miedo

El miedo es una constante en este proceso. Miedo al resultado de los exámenes médicos, miedo a la reacción por los medicamentos, miedo a dormir, miedo a perder la esperanza y dejarse vencer.

Tenía tanto miedo que sólo dormía cuando lograba convencerla de quedarme en la noche acompañándola o cuando, después de mi clase en la mañana, pasaba el día en su habitación hablando hasta que finalmente el cansancio nos vencía a una de las dos.

En algún momento incluso le tuve miedo a las llamadas telefónicas de mi familia. Temía que me llamaran para avisarme que algo había salido mal, que mi mamá tenía una reacción muy fuerte a alguno de los más de 20 medicamentos que llegó a necesitar o incluso que había muerto.

Y por fortuna, ninguna de esas llamadas llegó. Sin embargo siempre tuve miedo y me aterraba tanto la idea de que algo sucediera mientras yo no estaba a su lado, que podía llamar hasta cuatro veces en un día para saludarla, decirle que todo iba bien y preguntarle "¿Qué más?"

Luego de conocer el diagnóstico el primer miedo fue a la reacción que tuviera su cuerpo frente al tratamiento y que no supiéramos manejarlo porque si hay algo que todavía reproche, es que no me hayan contado cuáles son las posibles reacciones o contraindicaciones.

Sin embargo estuve feliz cuando después de la primera quimioterapia, mi mamá no tuvo reacciones en los primeros dos días. Estuve satisfecha hasta que uno de mis grandes amigos, quien también tuvo que someterse a quimioterapia, me explicó que los efectos aparecen al tercer día.

Me notó tan intranquila que se ofreció a responder mis preguntas y lo hizo durante todo el proceso. Él tenía muchas más respuestas que nosotros e incluso muchas más que los médicos que desfilaban varias veces durante cada día en el hospital.

Y tuve aún más miedo al futuro cuando exactamente un año después del primer diagnóstico, mi mamá me dijo que la enfermedad había vuelto y que debía repetir el tratamiento, ahora con un menor margen de posibilidad de cura. 

En ese momento pensé que jamás podría sentir más rabia, más frustración, más miedo, más ganas de esconderme o quedarme dormida en mi cuarto hasta que todo fuera mejor. No sabía que seis meses después nos dirían que lo único que quedaba era un tratamiento paleativo y esperar, sin saber cuántos meses o años podría durar así mi mamá porque el segundo tratamiento tampoco había funcionado y ahí todos los sentimientos se convirtieron solo en miedo.

Miedo a la muerte de la persona que siempre diré, es el amor de mi vida.

Cuando no tienes respuestas es muy difícil combatir el miedo y no muchas palabras caben en ese momento. Por eso nuevamente es tan importante un abrazo, la compañía en silencio, una caminata por cualquier lugar y estar dispuestos a escuchar más que a asegurar que todo estará bien porque ni los médicos lo saben y mucho menos repetir la vieja frase "lo siento mucho" porque esa, esa frase en especial sí que genera rabia.

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