Ausencia
Desde pequeña, y como le pasa a la mayoría de personas, mi mamá siempre fue el apoyo más grande: la que era capaz de calmarme cuando estaba triste o preocupada, la que sabía exactamente qué hacer y en qué momento para que yo volviera a sonreír y me fuera a dormir tranquila.
Muchas veces llegué llorando a ella porque me había pasado esto o aquello y ella, que por crianza nunca fue demasiado dada a los abrazos y las caricias, me dejaba abrazarla fuerte y quedarme a su lado, con mi brazo alrededor de su cuerpo, porque sabía que así me calmaba.
Así, juntas y abrazadas, estuvimos durante mucho tiempo el día en que nos dijo a mi hermano y a mí que el segundo tratamiento tampoco había funcionado y lo único que quedaba era esperar a que llegara el momento en el que ella no estuviera más, a que su cuerpo finalmente perdiera toda la fuerza.
En el tiempo que estuvo enferma, aprendimos que muchas veces no era necesario que yo le contara mis problemas porque sentía que la agobiaba más, sino que podía simplemente pedirle un abrazo y ella ya entendía que algo estaba mal, extendía sus brazos hacia mí y cuando estábamos juntas ella solo decía "mi chiquis", como me dijo siempre de cariño, y podíamos quedarnos así en silencio durante mucho tiempo.
Cuando se fue, la primera ausencia que más me dolió fue la de sus abrazos en medio de tanta tristeza. Ya no tenía a quién abrazar tan fuerte y muchas veces todavía siento que no lo tengo, no tengo alguien a quién abrazar tan fuerte y sentir como un remedio perfecto.
Y a medida que pasa el tiempo, la vida sigue cambiando y siguen llegando nuevos retos, nuevas preocupaciones y por fortuna, muchas más alegrías. En cualquier caso, hasta hace un año habría corrido a los brazos de mi mamá que estaban atentos a recibirme en todo momento.
Hace unos días llegué a mi casa "en bajada" anímica y por instinto, llegué a mi cama y estiré mi brazo como solía hacerlo cuando me acomodaba junto a mi mamá y la abrazaba. Naturalmente, lo único que encontró mi brazo fue más espacio libre y el silencio de la medianoche que ya estaba tan cerca. Todo me dolió aún más.
Me costó un par de días entender que su ausencia no debía quedarse como un vacío absoluto, recordar que en mi mente todavía tengo bien guardada su voz y lo que solía decirme cuando me sentía mal y que la lección más grande tanto de ella como de mi abuela es que la familia siempre está para ti, para apoyarte, para escucharte.
Así que finalmente acudí a ellos, hablé y recibí la mejor de las respuestas, grandes consejos y esfuerzos por animarme. Nadie va a reemplazar jamás a mi mamá y siento que la voy a extrañar toda mi vida, pero sin duda en compañía duele menos su gran ausencia.
Muchas veces llegué llorando a ella porque me había pasado esto o aquello y ella, que por crianza nunca fue demasiado dada a los abrazos y las caricias, me dejaba abrazarla fuerte y quedarme a su lado, con mi brazo alrededor de su cuerpo, porque sabía que así me calmaba.
Así, juntas y abrazadas, estuvimos durante mucho tiempo el día en que nos dijo a mi hermano y a mí que el segundo tratamiento tampoco había funcionado y lo único que quedaba era esperar a que llegara el momento en el que ella no estuviera más, a que su cuerpo finalmente perdiera toda la fuerza.
En el tiempo que estuvo enferma, aprendimos que muchas veces no era necesario que yo le contara mis problemas porque sentía que la agobiaba más, sino que podía simplemente pedirle un abrazo y ella ya entendía que algo estaba mal, extendía sus brazos hacia mí y cuando estábamos juntas ella solo decía "mi chiquis", como me dijo siempre de cariño, y podíamos quedarnos así en silencio durante mucho tiempo.
Cuando se fue, la primera ausencia que más me dolió fue la de sus abrazos en medio de tanta tristeza. Ya no tenía a quién abrazar tan fuerte y muchas veces todavía siento que no lo tengo, no tengo alguien a quién abrazar tan fuerte y sentir como un remedio perfecto.
Y a medida que pasa el tiempo, la vida sigue cambiando y siguen llegando nuevos retos, nuevas preocupaciones y por fortuna, muchas más alegrías. En cualquier caso, hasta hace un año habría corrido a los brazos de mi mamá que estaban atentos a recibirme en todo momento.
Hace unos días llegué a mi casa "en bajada" anímica y por instinto, llegué a mi cama y estiré mi brazo como solía hacerlo cuando me acomodaba junto a mi mamá y la abrazaba. Naturalmente, lo único que encontró mi brazo fue más espacio libre y el silencio de la medianoche que ya estaba tan cerca. Todo me dolió aún más.
Me costó un par de días entender que su ausencia no debía quedarse como un vacío absoluto, recordar que en mi mente todavía tengo bien guardada su voz y lo que solía decirme cuando me sentía mal y que la lección más grande tanto de ella como de mi abuela es que la familia siempre está para ti, para apoyarte, para escucharte.
Así que finalmente acudí a ellos, hablé y recibí la mejor de las respuestas, grandes consejos y esfuerzos por animarme. Nadie va a reemplazar jamás a mi mamá y siento que la voy a extrañar toda mi vida, pero sin duda en compañía duele menos su gran ausencia.
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