Aceptar

Tuve que ir muchas veces al hospital, ver muchas veces a mi mamá en una de esas habitaciones con esa máquina que le bombeaba suero o medicamento a su cuerpo para aceptar que era verdad, que no era un mal sueño o un error su diagnóstico.

Tomé más tiempo en aceptar que las tareas de la casa no eran solo una forma de ayudar a mi mamá mientras volvía a casa sino una responsabilidad para mí, que debía encontrar el equilibrio que apenas tres años después estoy encontrando entre las labores de la casa, mi estudio y profesión y mi vida personal.

Y cuando por fin vencía al miedo y aceptaba que realmente ella estaba nuevamente sana, que lo habíamos logrado y que nada malo volvería a pasar por lo menos en un tiempo, volvieron a llegar las malas noticias no una, sino tres veces.

La última de esas noticias me he tardado más de un año en aceptarla realmente.

Pese a su ausencia, para mí seguía siendo su ropa, su dinero, sus escrituras de nuestra casa, su habitación, los recuerdos hablados en presente como si todavía esperara que ella un día cruce la puerta y me abrace, me diga que me trajo su postre del almuerzo y me cuente cómo fue su día de trabajo.

Aceptar la vida, aceptar la muerte, aceptar lo bueno y lo malo se hizo extremadamente difícil. Todavía me encuentro muchas veces corrigiendo mi propio lenguaje para dejar de hablar de sus cosas y decir que son mías, de mi hermano y yo.

Modificar las costumbres y el lenguaje es difícil en este tipo de procesos, por favor no corrijan todo el tiempo a sus familiares o amigos si todavía no tienen un lenguaje que incluya la enfermedad o la ausencia en sus vidas. Es mejor guardar silencio al respecto, continuar la conversación como si nada sucediera y demostrar que siguen ahí, acompañando y escuchando.

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