Despedidas y bienvenidas

Dice el refrán popular que "en los peores momentos se conoce a los amigos". Y en los peores momentos también se conoce gente maravillosa que te apoya cuando más lo necesitas.

El primer cumpleaños que mi mamá pasó en el hospital, recibió llamadas de familiares, amigos e incluso alumnos y sus padres, que preguntaban casi a diario por su estado de salud a las demás profesoras del colegio en el que ella trabajó durante 20 años.

Ese día también recibió los resultados de su primera biopsia tras el trasplante de médula ósea en el que decía que estaba "libre" de células malignas y podía volver a casa para iniciar la recuperación. Ese día también me ofrecieron mi primer ascenso y me dejaron pasar la tarde junto a ella. Fuimos felices viendo un pedacito de calle que brillaba con el intenso sol bogotano.

Durante todo el día, habíamos recibido en el chat familiar fotos de todos los tamaños y colores de mis primos y tíos con letreros que le daban ánimo a mi mamá y le enviaban mensajes de apoyo, fue idea de una de mis primas.

Y al llegar al hospital, mi mamá me mostró con emoción las fotos de sus compañeros de trabajo que le había escrito en una gran cartelera negra, con decoraciones de colores y un letrero en el centro que decía "Si sabes contar, cuenta con nosotros". No podría olvidar su felicidad ni el mensaje principal del regalo que organizaron sus amigos de trabajo si aunque me lo propusiera.

Entre las fotos, a mi mamá le sorprendió ver compañeros de trabajo con los que pocas veces se hablaba y que salían sonrientes y emocionados de hacer su aporte para el que sería el regalo de cumpleaños de mi mamá.

Durante el proceso de mi mamá, nuestra familia se fortaleció a nuestro alrededor. Algunos nos visitaban con frecuencia, otros con menos pero llamaban con constancia. Otros aparecían eventualmente pero tenían su método para hacernos saber que también estaban todo el tiempo al tanto de las novedades de mi mamá, mi hermano y yo.

Con nuestros amigos pasó algo similar. En mi caso, decidí contarle a muy pocos sobre el diagnóstico de mi mamá y para mi fortuna, todos ellos se quedaron a mi lado e incluso en mis momentos más difíciles, cuando no me comprendía ni a mí misma y lo único que quería era estar en silencio, ellos me abrazaron y se quedaron a mi lado sin decir una sola palabra, esperando a que fuera yo quien diera una señal para iniciar la conversación.

Otros se fueron, también tuvimos despedidas que no esperábamos y otras que sospechábamos que pasarían tarde o temprano. No sabremos nunca si los dos años de tratamiento de mi mamá aceleraron ese proceso, lo demoraron más o no tuvieron influencia alguna. Lo que sí sabemos es que vamos más ligeros, sin la carga de aquellas personas que en lugar de apoyarte se quejan a tu lado.

Los encuentros siguen, las despedidas seguramente también. Pero aprendimos a abrir los brazos y recibir los cuidados y el cariño de todos aquellos que se quisieron quedar a nuestro lado o que llegaron cuando atravesábamos nuestro momento más difícil.

Aprendimos también a soltar, a no llorar a quienes se fueron por su propia voluntad, algunos porque simplemente no querían estar y otros, posiblemente, porque no supieron cómo quedarse.

Y al final, aprendí también a superar la despedida que más temía, el peor día de mi vida, mi miedo más grande.

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