Hogar
Mi abuela decía que cuando mi mamá llegaba a la casa, ella desaparecía para nosotros. Mi mamá subía a su habitación a saludarla y se sentaba en su cama, demasiado cansada para moverse de allí por un rato y allá llegábamos también mi hermano y yo para sentarnos junto a mi mamá y verla hablar con mi abuela.
Las tardes tenían los tres momentos más importantes de mi época de colegio: llegar para dormir unos minutos junto a mi abuela, pasar la tarde junto a mi prima después de las tareas y la llegada de mi mamá con sus dulces del almuerzo y las historias sobre sus compañeros y estudiantes.
Cuando fui lo suficientemente grande para llegar a la casa más tarde que mi mamá (ya en la universidad), esa era la mejor parte del día: llegar cansada y que ella me estuviera esperando para hablar, cenar y compartir un rato antes de ir a dormir.
Y con su enfermedad, aprendí a apreciar mucho más su tiempo en casa. Pasábamos meses en el hospital, semanas enteras en las que la casa era solo el sitio para parar a dormir un rato y cambiarse rápido en la mañana para iniciar de nuevo la rutina y no regresar sino hasta tarde en la noche. Incluso los fines de semana que era cuando realmente podíamos ir a visitarla.
Así que cuando ella llegaba a la casa, hacía hasta lo imposible por salir "temprano" del trabajo y verla en casa.
Recuerdo la primera vez que llegó del hospital. Yo sabía que saldría esa tarde pero no esperaba verla en la sala de nuestro apartamento cuando abriera la puerta, así que para evitar llorar inventé un chiste que se convirtió en tradición: volvía a cerrar levemente la puerta para volver a entrar y al hacerlo le decía "abro la puerta y está mi mami". Podía repetirlo hasta cinco veces cada vez y mi mamá simplemente se reía cada vez como si fuera la primera.
Luego la acompañaba hasta tarde en su habitación y cuando nos era permitido, pues su falta de defensas era un riesgo demasiado alto, la abrazaba tan fuerte como podía. Ella nunca fue de abrazos, así nos educaron, así que me decía "ya deja de amasarme" y yo le respondía que necesitaba aprovechar mientras no tuviéramos esa restricción. Ella, resignada pero feliz de sentirme tan cerca, se dejaba abrazar.
Nuestra casa siempre fue el sitio para descansar del mundo, de la rutina agobiante y las preocupaciones de la vida. En algún momento, sin notarlo siquiera, el hospital se convirtió también en ese refugio por el simple hecho de tenerla a ella ahí.
En su ausencia, nuestra casa dejó de ser ese refugio para convertirse de nuevo en ese lugar de pasada para descansar. Todavía es un lugar familiarmente extraño.
El hogar no es solo esa propiedad en la que se encuentran nuestros objetos personales y que, en efecto, nos sirve de lugar de descanso. Es aquel en el que están los que más queremos y que nos reagalan esa calma que tanto necesitamos todos los días.
Estoy segura que para los pacientes el hogar es su propia habitación del hospital cuando encuentran allí a sus familiares y amigos dándoles ánimo, los consultorios y laboratorios que frecuentan para recibir sus tratamientos y hablar con otros pacientes que comparten su situación, cualquier lugar en el que son capaces de dejar de lado los afanes de la vida y la enfermedad.
Las tardes tenían los tres momentos más importantes de mi época de colegio: llegar para dormir unos minutos junto a mi abuela, pasar la tarde junto a mi prima después de las tareas y la llegada de mi mamá con sus dulces del almuerzo y las historias sobre sus compañeros y estudiantes.
Cuando fui lo suficientemente grande para llegar a la casa más tarde que mi mamá (ya en la universidad), esa era la mejor parte del día: llegar cansada y que ella me estuviera esperando para hablar, cenar y compartir un rato antes de ir a dormir.
Y con su enfermedad, aprendí a apreciar mucho más su tiempo en casa. Pasábamos meses en el hospital, semanas enteras en las que la casa era solo el sitio para parar a dormir un rato y cambiarse rápido en la mañana para iniciar de nuevo la rutina y no regresar sino hasta tarde en la noche. Incluso los fines de semana que era cuando realmente podíamos ir a visitarla.
Así que cuando ella llegaba a la casa, hacía hasta lo imposible por salir "temprano" del trabajo y verla en casa.
Recuerdo la primera vez que llegó del hospital. Yo sabía que saldría esa tarde pero no esperaba verla en la sala de nuestro apartamento cuando abriera la puerta, así que para evitar llorar inventé un chiste que se convirtió en tradición: volvía a cerrar levemente la puerta para volver a entrar y al hacerlo le decía "abro la puerta y está mi mami". Podía repetirlo hasta cinco veces cada vez y mi mamá simplemente se reía cada vez como si fuera la primera.
Luego la acompañaba hasta tarde en su habitación y cuando nos era permitido, pues su falta de defensas era un riesgo demasiado alto, la abrazaba tan fuerte como podía. Ella nunca fue de abrazos, así nos educaron, así que me decía "ya deja de amasarme" y yo le respondía que necesitaba aprovechar mientras no tuviéramos esa restricción. Ella, resignada pero feliz de sentirme tan cerca, se dejaba abrazar.
Nuestra casa siempre fue el sitio para descansar del mundo, de la rutina agobiante y las preocupaciones de la vida. En algún momento, sin notarlo siquiera, el hospital se convirtió también en ese refugio por el simple hecho de tenerla a ella ahí.
En su ausencia, nuestra casa dejó de ser ese refugio para convertirse de nuevo en ese lugar de pasada para descansar. Todavía es un lugar familiarmente extraño.
El hogar no es solo esa propiedad en la que se encuentran nuestros objetos personales y que, en efecto, nos sirve de lugar de descanso. Es aquel en el que están los que más queremos y que nos reagalan esa calma que tanto necesitamos todos los días.
Estoy segura que para los pacientes el hogar es su propia habitación del hospital cuando encuentran allí a sus familiares y amigos dándoles ánimo, los consultorios y laboratorios que frecuentan para recibir sus tratamientos y hablar con otros pacientes que comparten su situación, cualquier lugar en el que son capaces de dejar de lado los afanes de la vida y la enfermedad.
Gracias por compartir, la vida esta construida por cada uno de los pequenos y grandes momentos disfrutados con las personas que amamos. Es grato recordarlos
ResponderBorrarLindas y duras memorias de tu madre tienes. Muy afortunada eres. Bella historia.
ResponderBorrar