Valientes
Dicen que todos sabemos cuando nuestro momento ha llegado, cuando ya debemos partir.
Cada mañana, pasaba por la habitación de mi abuela antes de ir al colegio para despedirnos. Un día, me despedí desde su puerta porque estaba enferma y no quería contagiarla, le temía demasiado a verla nuevamente con un virus respiratorio.
Ella me llenó de consejos y recomendaciones como que fuera aplicada, que atendiera siempre las instrucciones de mi mamá, que no me metiera en problemas y tuviera cuidado al caminar por la calle. Fue la última vez que hablé con ella.
No lo sabía, lo había soñado una semana antes pero no sabía hasta ese momento que 24 horas después ya no le podría hablar.
Unos años después, mientras esperaba a los médicos que llevarían a mi mamá de regreso al hospital, la miraba sentada junto a ella en su cama. En un momento de consciencia, mi mamá me miró a los ojos y me dijo "¿Por qué me miras con esa cara? Todo va a estar bien" e incluso sonrió. Yo solo pude girar la cara para que no viera cómo me esforzaba para no llorar.
Fue la única vez que dejé que viera mi cara de angustia y lo último que me dijo.
Y tenía razón. Pasamos el huracán y aún con mis eventuales tormentas de un día, todo está bien.
Ahora puedo unir los consejos de mi abuela y la frase tranquilizadora de mi mamá y saber que en efecto nada podría salir mal. El peor día de mi vida, el día al que más le temía, ya pasó.
Me quedaron los recuerdos y la compañía constante de mi familia y amigos más cercanos.
Hace unos días, en una de mis tormentas diarias, uno de ellos me pidió que me volviera a levantar porque de pie, a mi lado y detrás mío, están todos aquellos que me quieren con los brazos extendidos listos para abrazarme, acogerme, apoyarme e impulsarme a seguir adelante.
Recordé en ese momento que también había escuchado hace poco que realmente lo que nos define es el tiempo que tardamos en volver a levantarnos.
Mi mamá solía decir que a los bebés que están aprendiendo a caminar no se les debe demostrar lástima cuando se caen, ella siempre decía "no pasó nada, arriba" y los animaba a volver a levantarse para continuar.
Mi abuela decía que los problemas se enfrentan, siempre nos pedía no llorar ante la dificultad sino enfrentarla. Decía "guapita pues", el llamado a la valentía que siempre me llenó de energía para levantarme y enfrentar la vida.
A ambas las extraño, las dos me enseñaron a enfrentar el día a día.
Cada mañana, pasaba por la habitación de mi abuela antes de ir al colegio para despedirnos. Un día, me despedí desde su puerta porque estaba enferma y no quería contagiarla, le temía demasiado a verla nuevamente con un virus respiratorio.
Ella me llenó de consejos y recomendaciones como que fuera aplicada, que atendiera siempre las instrucciones de mi mamá, que no me metiera en problemas y tuviera cuidado al caminar por la calle. Fue la última vez que hablé con ella.
No lo sabía, lo había soñado una semana antes pero no sabía hasta ese momento que 24 horas después ya no le podría hablar.
Unos años después, mientras esperaba a los médicos que llevarían a mi mamá de regreso al hospital, la miraba sentada junto a ella en su cama. En un momento de consciencia, mi mamá me miró a los ojos y me dijo "¿Por qué me miras con esa cara? Todo va a estar bien" e incluso sonrió. Yo solo pude girar la cara para que no viera cómo me esforzaba para no llorar.
Fue la única vez que dejé que viera mi cara de angustia y lo último que me dijo.
Y tenía razón. Pasamos el huracán y aún con mis eventuales tormentas de un día, todo está bien.
Ahora puedo unir los consejos de mi abuela y la frase tranquilizadora de mi mamá y saber que en efecto nada podría salir mal. El peor día de mi vida, el día al que más le temía, ya pasó.
Me quedaron los recuerdos y la compañía constante de mi familia y amigos más cercanos.
Hace unos días, en una de mis tormentas diarias, uno de ellos me pidió que me volviera a levantar porque de pie, a mi lado y detrás mío, están todos aquellos que me quieren con los brazos extendidos listos para abrazarme, acogerme, apoyarme e impulsarme a seguir adelante.
Recordé en ese momento que también había escuchado hace poco que realmente lo que nos define es el tiempo que tardamos en volver a levantarnos.
Mi mamá solía decir que a los bebés que están aprendiendo a caminar no se les debe demostrar lástima cuando se caen, ella siempre decía "no pasó nada, arriba" y los animaba a volver a levantarse para continuar.
Mi abuela decía que los problemas se enfrentan, siempre nos pedía no llorar ante la dificultad sino enfrentarla. Decía "guapita pues", el llamado a la valentía que siempre me llenó de energía para levantarme y enfrentar la vida.
A ambas las extraño, las dos me enseñaron a enfrentar el día a día.
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