Esa sensación de soledad

Siempre he tenido a alguien a mi lado. Siempre me han apoyado mi familia y amigos y siempre han estado disponibles cuando les busco y les digo que les necesito. 

Sin embargo, durante todo este proceso no pude evitar sentirme sola en muchas ocasiones. Sola porque la frase "te entiendo" nunca es completamente cierta y mucho menos lo es aquella de "sé cómo te sientes". No lo saben. 

No lo saben porque nadie tiene tus responsabilidades, tus pensamientos, tu vida. No lo saben porque todos enfrentamos la vida diferente. 

Que grato es que alguien se ofrezca, sin mayores pretensiones, a acompañarte o te lleve a caminar, a distraerte o te enseñe algo nuevo. Pero al final, vuelve ese sentimiento: la soledad. 

Soledad al llegar a casa aunque convivas con alguien, soledad al llegar al estudio o al trabajo aunque el lugar esté lleno, soledad al despertar cada mañana, soledad aunque a tu lado encuentres a alguien. 

Siempre me pregunté si mi mamá también se sentía así. Seguramente sí, nadie más estaba viviendo su proceso. Nadie más sentía el efecto de esos medicamentos en su cuerpo ni la frustración que sé que sentía por pasar sus días encerrada en una habitación en lugar de estar con sus pequeños alumnos, de un lado para el otro. 

Muchas veces lo noté en su felicidad al verme cruzar la puerta del hospital o de nuestra casa, sonreía desde que me sentía entrar hasta que me despedía. No le importaba que muchas veces cayera rendida en el sofá y me durmiera por fin, en la seguridad de sentirme a su lado, tras días de insomnio y fuertes jornadas de estudio y trabajos de casa. 

Allí me sentía yo también acompañada. Viendo esa sonrisa, provocándola, contándole historias que para nadie más serían relevantes o inventando palabras que solo las dos entendíamos y preguntándole "¿Y qué más?".

La despedida, ya fuera en la casa o en el hospital, siempre era la rutina más dura del día. Necesitábamos despedirnos por lo menos diez veces antes de que yo fuera capaz de cruzar la puerta y salir a un mundo que me parecía frío, duro y solo. 


La soledad de no expresar lo que realmente sentía, la soledad de tolerar a los demás cuando no toleraba ni mis propios pensamientos. 

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