No se trata del por qué
Desde niña me enseñaron a ayudar. Mi abuela daba mercados cada mes para los más pobres del que fue su primer barrio al llegar a Bogotá, desde su amada Manizales y yo veía a mi tía y mi mamá organizar los paquetes cada mes.
Mi mamá se inventó una jornada de donación de juguetes en el colegio en el que trabajaba, para que los niños que se disponían para la Primera Comunión compartieran algo con un niño que no tenía sus mismas capacidades económicas pero también se sometía a dicho Sacramento en ese año. Con el tiempo el colegio se apropió del sistema y lo convirtió en una jornada de donación de todo el colegio para la temporada decembrina, que por supuesto mi mamá ayudaba a coordinar.
Yo misma en la universidad me uní a un grupo de pastoral que después convertimos en fundación para trabajar con jóvenes. Allí, sin duda alguna, pasé mis mejores días de universitaria entre un grupo de jóvenes tan diferentes y compartiendo cada tanto con niños que con toda seguridad tienen un futuro brillante y, en su gran mayoría, están rodeados de amorosas familias.
Así que cuando mi mamá, en medio de su tratamiento y tras haberlo asimilado mejor, empezó a decirnos que no pensáramos por qué nos pasaba esto sino para qué, el concepto no me fue extraño.
Siempre será muy difícil encontrar ese para qué al enfrentar el cáncer. Pero en su caso, ella nos decía que debía ser para que nos uniéramos más, para ser solidarios, amorosos, para apoyarnos más.
Y la pregunta me seguía dando vueltas. ¿Para qué?
El día del cumpleaños de mi mamá, seis meses después del diagnóstico, los médicos nos dijeron por primera vez que el tratamiento iba de maravilla, que todo había funcionado y que en un par de semanas ella estaría en casa recuperándose para volver al trabajo unos meses después y seguir su vida bajo seguimiento médico pero como si nada hubiese sucedido.
Ese mismo día me ofrecieron mi primer ascenso y fui temprano al hospital para contarle la noticia. La habitación estaba llena de felicidad, no teníamos nada qué temer, qué lamentar.
Y allí recibí la llamada de uno de mis tíos. La hija de uno de sus amigos más cercanos había sido diagnosticada con leucemia en esos días y ya que a mi mamá le iba tan bien, se le ocurrió que podríamos grabar un video con un mensaje de ánimo para la hija de su amigo.
Le propuse la idea a mi mamá y ella se sentó, escribió en una pequeña hoja lo que quería decir y se acomodó el turbante para que tapara el catéter cerca a su cuello "porque puede asustar a La Niña".
Grabamos y el resultado fue un mensaje lleno de valor, de energía, de amor de madre explicándole a su hija que vendrían obstáculos pero con toda seguridad sería capaz de superarlos.
Me quedó para siempre en la mente esa voz que empezó tímida y terminó llena de energía, de convencimiento. Todavía veo el video cada vez que me siento sin energía para recordarme que si ella fue capaz de luchar tanto, también lo puedo hacer yo.
Y ahí entendí el para qué. Lo hablé ese mismo día con mi mamá: pasamos por tanto para ayudar a otros pacientes y sus familias. Lo vivimos, en ese momento juramos que lo superamos y eso nos daba la ventaja sobre la vida para hacer lo que aprendimos de cuna en esta familia: ayudar.
Mi mamá estuvo de acuerdo y así planeamos que cuando ella estuviera totalmente recuperada buscaríamos la forma de ayudar a más familias que se enfrentaran al cáncer. De ahí nace este blog, de la memoria de esa valentía, de responder ese para qué.
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