Responsabilidades

Tenía cinco años la primera vez que me pidieron que “me hiciera cargo de la situación”. A los seis años ya sabía cuánto era o no costoso y a los siete ya decidía qué era necesario pedirle a mi mamá y qué no, para evitarle la tristeza de tener que decirle a su querida hijita que no había dinero suficiente. 

Y antes de los 25 años decidí asumir toda la responsabilidad que implica administrar un hogar de tres personas para evitarle esa preocupación a mi mamá durante el tratamiento de su enfermedad. 

Para lograrlo, dejé de lado casi toda actividad normal en alguien de mi edad sin siquiera notarlo... me eliminé de la lista de prioridades. 

Asumí toda la carga por decisión propia, aceptando la ayuda que me ofrecieron sin yo pedirla, porque nunca fui capaz de reconocer que la situación me superaba y que necesitaba apoyo. 

Sin decir ni una sola palabra me alejé de la persona con la que estaba saliendo en ese momento porque consideré injusto no poderle ofrecer demasiado tiempo, dejé de salir los viernes e incluso los fines de semana con mis amigos y de muchos de ellos me alejé. 

De niña siempre me dijeron que debía ser valiente, no quejarme, no llorar jamás y enfrentar la vida sin dar un paso atrás. Así que adopté la actitud de una mujer mucho mayor que yo y jamás hablé de lo abrumada que me sentía o de por qué de un día para otro mi tiempo libre había desaparecido y se había convertido en horas para hacer tareas propias del hogar, estar con mi mamá cada vez que podía, hablar con ella, pensar en ella. 

Hasta que la misma rutina y la soledad que sentía (pese a que nunca estuve realmente sola) me enseñaron que era injusta conmigo misma, que tenía derecho a salir con quien quisiera y dedicarle por lo menos una parte de mi tiempo libre, que me correspondía encontrarme con otras personas, hacer lo mismo que otras personas de mi edad o simplemente lo que yo quisiera.

Sin embargo me costó tiempo aceptar esa lección y necesité que tres o cuatro personas me lo repitieran un millón de veces para decidir incluirme nuevamente dentro de la lista de prioridades de mi propia vida. 

Hace un año le dijeron a mi mamá que ya no había nada más que hacer que esperar a que llegara su momento y esforzarnos en que disfrutara su vida y se sintiera cómoda mientras tanto. Yo todavía no recupero mi rutina, no soy “como los demás”. 

Hay personas a las que nunca les volví a hablar simplemente porque no me atreví, en parte porque temo tener que dar explicaciones. 

A otros cuando regresé a mi camino ya no los encontré, se fueron cansados de esperar a que yo regresara tal como me había ido: sin explicaciones ni avisos. 

Un año después, sin embargo, creo que aprendí a equilibrar un poco mis nuevas responsabilidades que ahora sí me corresponden y mi derecho a vivir mi vida. 


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