Todo es un proceso

Así como los síntomas de reacción al tratamiento se demoran en aparecer, se demora cada quien en admitir la nueva situación y y se demoran los efectos positivos del tratamiento.

Enfrentar el cáncer es la prueba más dura de paciencia, perseverancia y esperanza que puede atravesar una familia y en buena medida depende también del buen ánimo del paciente.

No entendía muy bien al principio por qué mi mamá mantenía tan buen humor, que visitarla resultaba siendo un ejercicio de relajación, una forma de volver a la felicidad. O por qué con tan buen ánimo decidió raparse cuando le explicaron que la quimioterapia suele causar alopecia.

Tan pronto lo supo, anunció su decisión porque le parecía terrible la idea de levantarse cada mañana y ver la almohada llena de pelos o encontrarse claros dispares en la cabeza. Los médicos le pidieron que esperara para no "calvearse" en vano y con las primeras caídas de cabello le pidió a nuestro peluquero que fuera a visitarla.

Él no podía ir pero con total dedicación esterilizó una de sus máquinas, se la dio a mi tía y le enseñó a usarla para que ella, que entraba a diario a la habitación de hospital de mi mamá, se encargara delicadamente de la tarea y luego le diera un informe.

Ese día estábamos las tres. Acomodamos una silla entre la ventana de la habitación y la cama, con espacio suficiente para que mi tía se moviera sin que el cable de la máquina quedara forzado por la distancia entre su mano y el enchufe.

No recuerdo con qué simulamos una capa de peluquería para que los cabellos no se quedaran aferrados a la ropa de mi mamá, ni cómo nos las arreglamos para que tampoco cayeran directo al suelo y fuera más fácil recogerlo todo y eliminar los rastros del "delito" pues esa era una actividad prohibida en el hospital, que además "ponía en riesgo" la esterilidad del ambiente al que debía someterse mi mamá durante toda su estadía allí.

Pero sí recuerdo la delicadeza con la que mi tía la trató y el festival de risas en el que resultó convertido aquel ritual. Recuerdo también que varios de mis tíos y primos adoptaron el mismo corte en los días siguientes y le enviaron fotos o la visitaron para mostrarle su solidaridad y que, al final de la historia, todos somos iguales.

Y ahora entiendo también su buen ánimo, sus esperanzas pese a todo, su sonrisa constante. Entre las primeras instrucciones de los médicos estuvo aquella de mantener a mi mamá siempre con buen ánimo porque el humor es un factor determinante en la eficacia del tratamiento y la severidad de sus efectos secundarios sobre el paciente.

Y ella, tan valiente siempre, decidió hacer todo lo que estuviera en sus manos para mantener su alegría y que su buen ánimo nos contagiara a todos, para volver a ella y ser un factor positivo durante todo ese proceso.

Y lo logró. Muy pocas veces estuvimos tristes o sin alientos para seguir y cuando cualquiera de nosotros la veía bajando los brazos, aunque fuera un milímetro, la animaba con promesas de viajes, alimentos, abrazos y otras recompensas, así como con recuerdos que terminaban por hacernos llorar de la risa.

"Retroceder nunca, rendirse jamás", dice siempre otro de mis tíos. Siempre me pareció una frase graciosa pero en medio de ese proceso la entendí en buena medida: es muy difícil, como lo he dicho muchas veces un tratamiento contra el cáncer es una montaña rusa de emociones pero no se vale bajar la guardia, no se vale retroceder un solo centímetro y cedérselo a la tristeza, a la nostalgia de los buenos momentos o al miedo a lo peor.




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