Nostalgia
No cambiaría un segundo de mi vida diferente a la enfermedad de mi mamá. Lo daría todo una y mil veces por evitarle esos dos años, por tenerla siempre saludable y con tan buenas expectativas de vida como suele tener mi familia.
Durante esos años, y aún lo hago a veces, solía recordar cómo era nuestra vida antes de que mi mamá fuera diagnosticada con leucemia. La recordaba llegar del trabajo, sentarse en la cama de mi abuela y pedirnos que por favor la dejáramos descansar unos minutos porque bastaba con que ella estuviera en casa para que mi hermano y yo estuviéramos a su lado hablando y haciendo cualquier tipo de monería.
Imaginaba cómo sería el momento en el que ella pudiera retomar su trabajo y con ella la rutina de la familia, que hiciera nuevamente todas aquellas cosas que ya ni notábamos que hacía pero que eran tan importantes para que nuestras vidas siguieran sin cambios.
Y aún así ahora recuerdo esos dos años como la época en la que más amor nos demostramos, en la que más crecimos como familia e individuos, en la que más aprendimos a valorar tantas cosas y luchar como nunca con la esperanza de recuperar cierta rutina pero encontrar una vida mejor.
La primera vez que mi mamá llegó a la casa luego de varios meses en el hospital yo ya trabajaba así que al llegar cansada como siempre y abrir la puerta, la vi sonriente en la sala mientras hablaba con mi tía. Desapareció el cansancio. Era tal mi felicidad que jugué a entrar varias veces a la casa porque me parecía mentira poder decir, como le decía todos los días desde ese momento, "abro la puerta y está mi mami".
Así, como una niña pequeña porque aunque ya superaba los 20 años seguía siendo la bebé de mi mamá y sé que lo habría seguido siendo por el resto de su vida.
Sin darme cuenta dejé de extrañar los tiempos pasados en los que la llegada de ella significaban muchas veces el fin de la jornada y el inicio de un rato de descanso en familia, antes de entrar cada uno a su habitación para esperar a que llegara el día siguiente.
A cambio de eso, empecé a disfrutar cada día y a buscar siempre lo que nos hiciera mejores porque aunque me lo negara, siempre tenía miedo de que ese fuera uno de los últimos.
Muchas veces me encuentro extrañando esos días en los que llegaba a la casa o al hospital y era como si mi mamá encendiera un radio. A pesar de haberla llamado varias veces en el día, yo llegaba a la casa a contarle absolutamente todo lo que me pasaba, lo que sentía, a describirle cómo era la calle que ella ya no podía transitar pues seguía con estrictos controles para evitar el contagio de cualquier virus.
No siempre el tiempo pasado fue mejor, como dice la llamada "sabiduría popular" y en estos proceso suele suceder que el mejor momento es precisamente el que está ocurriendo en este momento.
Durante esos años, y aún lo hago a veces, solía recordar cómo era nuestra vida antes de que mi mamá fuera diagnosticada con leucemia. La recordaba llegar del trabajo, sentarse en la cama de mi abuela y pedirnos que por favor la dejáramos descansar unos minutos porque bastaba con que ella estuviera en casa para que mi hermano y yo estuviéramos a su lado hablando y haciendo cualquier tipo de monería.
Imaginaba cómo sería el momento en el que ella pudiera retomar su trabajo y con ella la rutina de la familia, que hiciera nuevamente todas aquellas cosas que ya ni notábamos que hacía pero que eran tan importantes para que nuestras vidas siguieran sin cambios.
Y aún así ahora recuerdo esos dos años como la época en la que más amor nos demostramos, en la que más crecimos como familia e individuos, en la que más aprendimos a valorar tantas cosas y luchar como nunca con la esperanza de recuperar cierta rutina pero encontrar una vida mejor.
La primera vez que mi mamá llegó a la casa luego de varios meses en el hospital yo ya trabajaba así que al llegar cansada como siempre y abrir la puerta, la vi sonriente en la sala mientras hablaba con mi tía. Desapareció el cansancio. Era tal mi felicidad que jugué a entrar varias veces a la casa porque me parecía mentira poder decir, como le decía todos los días desde ese momento, "abro la puerta y está mi mami".
Así, como una niña pequeña porque aunque ya superaba los 20 años seguía siendo la bebé de mi mamá y sé que lo habría seguido siendo por el resto de su vida.
Sin darme cuenta dejé de extrañar los tiempos pasados en los que la llegada de ella significaban muchas veces el fin de la jornada y el inicio de un rato de descanso en familia, antes de entrar cada uno a su habitación para esperar a que llegara el día siguiente.
A cambio de eso, empecé a disfrutar cada día y a buscar siempre lo que nos hiciera mejores porque aunque me lo negara, siempre tenía miedo de que ese fuera uno de los últimos.
Muchas veces me encuentro extrañando esos días en los que llegaba a la casa o al hospital y era como si mi mamá encendiera un radio. A pesar de haberla llamado varias veces en el día, yo llegaba a la casa a contarle absolutamente todo lo que me pasaba, lo que sentía, a describirle cómo era la calle que ella ya no podía transitar pues seguía con estrictos controles para evitar el contagio de cualquier virus.
No siempre el tiempo pasado fue mejor, como dice la llamada "sabiduría popular" y en estos proceso suele suceder que el mejor momento es precisamente el que está ocurriendo en este momento.
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